Corrimos todos hacia donde decía aquel chico que había una patrulla de monstruos. Tenía un poco de miedo, pero se suponía que tenía que dar ejemplo. No sabía exactamente con qué nos íbamos a encontrar, pero aquella gente parecía que quisiesen que les guiara, que fuera su líder. Yo nunca había sido líder, y no sabía qué había que hacer, ni cómo, ni cuándo. Yo seguía a Vien mientras notaba las miradas de todos puestas en mí, se me clavaban como cuchillos. Al fin salimos al aire libre. La noche negra pululaba, y alcé la vista hacia las ostentosas estrellas. Inalcanzables, como diamantes en un cielo negro. Un rugido me sacó de mis pensamientos, era, sin duda, la patrulla de monstruos que habían enviado a vigilar esta zona. Me fijé en que había un riachuelo a la derecha. Perfecto. Mi elemento. Me dirigí hacia él y me metí hasta el cuello. Estaba helada, pero gracias a mi parentesco con el dios del agua, pude soportarlo, y, en seguida, el agua me parecía que estaba a tan buena temperatura como yo necesitaba.
Por lo lejos, noté que Vien me llamaba:
-¡Perdona, señorita, pero no es momento de darse bañitos ahora! -se le notaba exasperado-. Sal y dirígenos.
Eso iba a hacer.
Grité, y me impulsé hacia arriba. El agua se arremolinaba a mi alrededor formando un gran remolino y pronto estuve por los aires, como si el agua creciera por cantidades inimaginables, sin agotar el riachuelo. Me sentía poderosa, al mando. Me encantaba. Desde mi columna de agua, les gritaba órdenes, que aún no sé de dónde saqué esa actitud de liderazgo.
-Eh, esos de ahí, ¡Atacad a esa mini patrulla de monstruos por la derecha! ¡Vien, ataca a aquello!
Así me pasé media hora, lanzando bolas de agua, derribando enemigos con mis remolinos y maremotos y dirigiendo a los mestizos, y, al final, cuando no quedaron más, me agoté. Caí en picado desde los altos de mi columna de agua y ni siquiera tuve fuerzas para gritar que me socorrieran.
Pero, por suerte, Aspen estaba allí para rescatarme. Me cogió en brazos en el último instante y yo, inconsciente, no sabía que estaba pasando.
Me desperté a los dos días de estar inconsciente en una habitación con muchas camillas vacías, con la enfermera Dorothy de guardia, cerca de mi, preparando inyecciones y otroa medicamentos. No había novedades, y me contaron que estaba así porque había agotado mis energías rápidamente y con mucho esfuerzo, y bla, bla, bla.
-¿Y Aspen? -pregunté con aspereza a la enfermera de turno-. ¿Dónde está? ¿Está bien?
Sonrió tranquilizadoramente.
-Le he mandado a descansar, lleva aquí desde que te ingresamos.
Suspiré aliviada. Sonreí. Aspen había estado aquí todos los días. Aquello me puso de buen humor.
Me levanté de un salto de la camilla y dije:
-Ya estoy mejor, doctora -y seguidamente, mientras me encaminaba a la puerta, di un traspiés.
-Sí, ya lo veo -respondió ella con una sonrisa-. Venga aquí antes de que acabe con una pierna rota también.
Acabamos riendo a carcajadas y me senté en la camilla.
Estuvimos un rato en silencio hasta que ella rompió el hielo.
-Ese Aspen es muy importante para ti, ¿No?
Me sonrojé hasta la médula.
-Sí, se podría decir eso...
Entonces un ruido de una puerta me alertó. Una cabeza preocupada se asomó hacia dentro de la enfermería, y me sonrojé aún más al ver el rostro de confusión de Aspen.
Pasó y la enfermera me señaló con gestos que nos tomáramos nuestro tiempo, y que ella se iba. Me encanta esta chica, en serio.
-Bueno... Hola. ¿Estás mejor?
-Claro. Muchas gracias por... Bueno, ya sabes... -no sabía cómo decir esto-. salvarme la vida, no sé.
Se sonrojó y me dedicó esa sonrisa torcida suya que me hace temblar.
-Pues me recompensarás... Invítame a un helado.
-¿Un helado?
Estallamos en carcajadas.
-¿Estás comparando mi vida con un helado? -dije en broma, fingiendo estar enfadada-. Pues me enfado.
Me dí la vuelta intentando mostrarme enfadada y me
-Oh, vamos, no seas mala.
Me reí por lo bajo.
-Págame con un beso.
Cuando dijo aquello, la sangre de las venas se me heló, y el corazón empezó a tomar un ritmo cardíaco que no era normal. Me giré para ver si lo decía de broma, pero, por su expresión seria deduje que lo decía de verdad.
Empezamos a acercarnos, tímidos pero resueltos.
Yo estaba totalmente convencida de que podría oír mi corazón, de lo fuerte que palpitaba. Estaba toda la enfermería en silencio. Cuando estábamos lo suficientemente cerca, cerré los ojos.
Entonces, la puerta se abrió.
-Vaya, ¿he interrumpido algo? Ya veo que estás bien, señorita.
Aspen y yo nos separamos, avergonzados de que nos hubiera pillado en un momento tan tímido. Nos sonrojamos hasta parecer tomates, y, cuando volvimos la vista hacia la puerta, Vien ya no estaba. Pero una fuerte voz anunciaba algo por el megáfono.