domingo, 2 de febrero de 2014

Cinco

5.




La sala estaba llena de máquinas espeluznantes, que hacían ruidos y colores extraños, como si fuera una especie de máquina destructicva, preparada para atacar en cualquier momento. Pero eso no era lo que más miedo me daba. Allí, en medio de toda la maquinaria, estaba mi madre haciendo cosas con ella. Ahogué un grito histérico.


- ¡Mamá! - grité, con los ojos como platos - ¿Qué es todo esto?


Me respondió con una sonrisa.


-Supongo que ya ha llegado la hora. ¿Ya lo sabes todo, no? - me dedicó una mirada llena de tristeza y melancolía.


-Esto...Sí.


-Y tu padre te ha encomendado LA misión - recalcó el LA, y eso me hizo temblar, ¿tan importante era? - Qué perezoso es tu padre.


-Ehh... - dijo Aspen, con timidez - Yo escapaba de una arpía y... esto... su hija me rescató y... últimamente me están pasando muchas cosas raras.


-Ah, sí, perdona cariño - mi madre le llama a todo el mundo cariño, me da mucha vergüenza - Soy Álex, Alexandra Penton, encantada.


Aspen iba a darle un apretón de manos, pero ella hizo una mueca, frunció el ceño y después le dio dos besos y un abrazo, dejando al pobre con la boca abierta.


Mi madre era muy guapa, tenía el cabello rubio platino, al igual que yo, los ojos verdes esmeralda y un tipazo de Barbie - esto último también lo había heredado de ella - y una sonrisa encantadora, además de bajita. Era muy amable, y todas mis amigas me decían lo bonita y buena que era mi madre. Yo nunca les había hecho mucho caso, pero, en el fondo, tenían toda la razón, aunque nunca le había dado mucha importancia. Mi madre olía a galletas caseras, y lo que más me gustaba de ella era que, cuando me abrazaba, su olor embriagador me reconfortaba, al igual que una sola de sus sonrisas o palabras de ánimo. 


-Tenéis poco tiempo, Él os está buscando. Bueno, a vosotros y a todos los semidioses que hay sobre la faz de la tierra. Pero sobre todo a tí, hija. Eres la hija del dios más poderoso en este momento. Id al portal, dentro estaréis seguros.


-Pero... ¿quién es él? ¿y por qué nos busca? - pregunté alarmada - Y tú te vienes con nosotros.


-Sólo pueden ir semidioses. Lo siento, hija. Recuerda que te quiero - me abrazó - Nunca me olvides - parecía a punto de llorar. Su olor me llegó dentro de mí, y se enterró en alguna parte de mi corazón, escondiéndose de la realidad, quién sabe cuándo volvería a sentirla abrazándome -.


-Está... está bien.


No pude evitarlo. Dos lágrimas cayeron de mis ojos al suelo, las sentía en mi piel, aunque no me mojaban la cara. Era extraño.


Me dió un beso de despedida, tal vez, el último beso que recibiría de ella.


Nos condució hasta un gran círculo, que parecía no tener fin y a la vez tener igual de grosor que un folio de papel. Nos metimos dentro. Un torbellino de agua, oo, al menos eso me pareció a mí, nos transportó a un lugar mágico. 


Un lugar, en el que nos esperaba mi padre cruzado de brazos y con una sonrisa. No sabía si echarme a sus brazos o hacerle una reverencia. Al final decidí quedarme quieta enfrente de él, para que diera él el primer paso. 


- Muy bien, hija - me da unas palmaditas en la espalda - ¿te has mirado el collar últimamente?


-Sí, es una cuerda de...


-Ya no - me interrumpió - míratelo.


Bajé la vista hacia el collar, y me dí cuenta, en él había una preciosa cuenta color rojo fuego. Era preciosa.


-Pero...¿cómo...?


-Es un collar mágico para servicios a los dioses. Por cada semidiós al que traigas aquí, se añadirá una cuenta del color del elemento de su padre divino - hizo una mueca sarcástica y dijo - ¿a que es genial?


Quería preguntarle miles de cosas, pero tenía la lengu atrabada. No podía hablar. Inspiré hondo y le dije:


-¿Quién es el enemigo que quiere destruirnos? ¿Y por qué estoy sobre todo yo en peligro?


-Porque eres mi hija - contestó, haciendo caso omiso de la primera pregunta - Y porque aquí, en el Olimpo, las noticias corren rápidas, e incluso el enemigo se ha enterado de la faenita que me estás haciendo. 


-Padre, no me has contestado a la primera pregunta.


-Lo siento Ally, otro día, hoy no puedo quedarme aquí mucho tiempo, o el enemigo me interceptará. Puede sentir grandes masas de agua si está cerca, por eso debo irme a la playa, a qualquiera, o meterme en el océano.


Me dió un beso rápido y añadió:


-Por cierto, te peresento a la Resistencia.


Y desapareció en un torbellino de agua.


Entonces, un grupo de chicos y chicas emergió de las sombras. Estaba temblando de miedo, y, detrás de mí, noté que Aspen también lo estaba haciendo. 


El chico más alto, y, también hay que decirlo, guapo, se puso delante de nosotros y me tendió la mano.


Se la estreché con fuerza, intentando ocultar el temblor de las manos. Creo que debió notarlo, a pesar de mis esfuerzos, porque me dedicó una sonrisa tranquilizadora.


-Traquilos, somos de los vuestros. Tú debes ser Ally, encantado - me guiña un ojo y me da otra sonrisa - y tú, - gruñe - debes de ser... no lo sé.


-Aspen, me llamo Aspen. 


-Esto.. encantado de conocerte, Casper.


Se oye un murmullo de risitas entre la multitud.


-Es Aspen, en realidad - dice molesto -.


-Sí... eso será.


Más risitas.


-Bueno, chicos, bienvenidos a la Resistencia. Aquí estamos los semidioses que han podido escapar de todos los monstruos que ha enviado Inferno a matarnos. 


-¿Quién es Inferno? - pregunté.


-El enemigo del que te había hablado tu padre, Callie. Por eso es por lo que tu padre es el más importante. Los muertos no le hacen daño. Los rayos y truenos aumentan su poder, la naturaleza la quema, el vino le agrada. No se puede hacer nada contra él excepto una cosa...


Ahora lo pillo.


-Apagarle, reducirle a cenizas. Y eso sólo lo puede hacer mi padre.


-Eres lista, Ally, a diferencia de tu amiguito.


Me giré y observé a Aspen. estaba embobado, tal vez pensando en lo que me acababa de contar el chico misterioso. Puse los ojos en blanco, a veces podía ser muy idiota.


-Y tú, ¿cómo te llamas?


-¿Yo? Me llamo Vien.


-Encantada.


-Encantado, tu fama te precede. 


¿MI fama? En fin.


-Y... ¿ ahora qué tengo que hacer? 


-Ir a por el siguiente semidiós...


BIP, BIP, BIP...


BIP, BIP, BIP...


Era el móvil de Vien. 


-¿Sí? Sí, soy yo.


-Ajá.


-Vale, claro, vamos para allá.


Su voz sonaba alarmada, algo no iba bien. 


-Chicos, una patrulla de monstruos está al otro lado del río. Si se acercan descubrirán demasiado. Tenemos que matarlos antes de que descubran o noten algo. En marcha. Ally, tú dirigirás la patrulla de semidioses.

Cuatro


4.



Ordené al hipocampo que siguiera al semidiós, y éste, obediente, así hizo.

En el mar se veía la luna llena reflejada. Era precioso. Entonces llegamos donde estaba la arpía y el pequeño mestizo. El carro de éste se estaba cayendo a pedazos, no resistiría mucho tiempo volando. Pasé justo debajo de él en el mismo momento en el que el carro se desmoronó. Le recogí y le puse en la grupa del hipocampo. Se sujetó como pudo, y creo que sólo entonces se dió cuenta de que estaba siendo rescatado por una chica de 14 años y un hipocampo, cuando parecía que él tuviera dieciséis. Se sonrojó por un instante, y creo que iba a decir algo, pero entonces, la arpía se interpuso entre nosotros y nos hizo tal placaje que el hipocampo salió volando, hasta chocar con las olas de la bahía de Capri y nos sumergimos bajo el agua.

Yo podía respirar bajo el agua, pero, ¿Y el chico? 

Estaba completamente que no era hijo de Poseidón, así que intenté crear una esfera de aire en torno a nosotros, incluido al hipocampo. Aunque, para meterlo a él tuve que hacer acopio de toda mi fuerza de voluntad, al final lo conseguí.

Los tres estábamos dentro de mi burbuja de oxígeno, pero no sabía cuánto tiempo podría aguantar. Y aún faltaba la arpía, y yo no podía luchar contra ella, no haciendo este esfuerzo con la burbuja. Me concentré, retuve agua a mis alrededores, la contenía, haciendo un esfuerzo sobrehumano para mantener con vida a ellos dos y a la vez contener el agua. Justo entonces, la arpía se sumergió. Ese era el momento que estaba esperando, y descargué toda mi fuerza y toda el agua que había estado manteniendo bajo control contra ella. Salió disparada a la superficie, y creo que no volverá. 

Salimos y montamos sobre el hipocampo. Mientras él nadaba llevándonos sobre su lomo, el misterioso chico y yo íbamos charlando.


-Entonces te llamas... Esto...


-Aspen.


-Eso. ¿Y eras hijo de...?


-Hefesto.


-Por eso lo del carro, ¿eh?


-Sí. Y tu debes ser la hija de Poseidón, ¿no?


-Sí, ¿cómo lo sabes?


-Las noticias corren rápido. Todo el mundo habla del favor que les estás haciendo a los dioses. 


Forcé una sonrisa falsa. No quería que la gente hablara de mí.


-Encantada.


-Aún no me has dicho cómo te llamas.


-Esto... - me corté - Callie, Ally para los amigos.


-Encantado, Ally - respondió con una sonrisa. 


Se la devolví.


-Ya casi hemos llegado.


Volví la vista al frente, mirando hacia el horizonte. 

Me miró.


-¿Sabes qué, Ally?


-Dime - dije, sin devolverle la mirada - te escucho.


- Eres diferente. Y muy hermosa. ¿Te lo suelen decir?


Me sonrojé al instante. No estaba acostumbrada a cumplidos. A pesar de ser el hijo del dios feo* , Aspen era precioso. 


-Ah... Esto... - no sabía que decir - muchas gracias, no sé. 


-De nada - no le miraba, pero noté que sonreía.


Llegamos y me despedí del hipocampo, le había cogido cariño. Le llamé "Freezy", Sfire Freezy.Me recordaba a un caramelo que comía de pequeña, parecido al pica-pica. Le acaricié la cabeza y se metió dentro del agua, "ronroneando". 

Ahora no sabía que tenía que hacer con Aspen. Mi padre dijo que yo lo sabría cuando llegara el momento, pero a mí no se me ocurría nada. 

Entonces, sentí un escalofrío. Tenía que ser mi padre. 

Y así era, mi padre me estaba llamando, al menos, mentalmente. 

"Llévatelo a tu sótano"

Nunca había ido al sótano de mi casa. Mi madre me lo había prohibido, y me daba demasiado miedo para intentar desobedecerla. Sin embargo, ya no tenía miedo. Le llevé hasta mi casa. Ninguno de los dos habló durante todo el camino, hasta que llegamos a la puerta de mi casa.


-Bonita casa - dijo con una sonrisa, una de esas sonrisas en las que se te marcan los hoyuelos, me derretía. Oh, Ally, Callie, no pienses en eso. Estás con él por trabajo. Nada más.


-Sí, bueno, no está mal.


Entramos. 

Estaba todo exactamente como siempre, ordenado y limpio. Normal. 

Le conducí hasta las escaleras que comunicaban con el sótano y la segunda planta. Le dejé allí un segundo contemplando los cuadros que colgaban en las paredes y fui a por las llaves. Sabía donde estaban, en aquel matojo de llaves que colgaba detrás de la puerta de la cocina, el que mi madre llevaba siempre consigo.

Volví, e introducí la llave por la ranura, temerosa de saber con lo que me iba a encontrar. 

Abrí la puerta. 

Allí dentro...

Ahora me imagino por qué mi madre no quería que entrara allí dentro, y menos mal que le hice caso...

Tres



3.







Una arpía. ¿Me estaba esperando? 

Recordé las palabras de mi padre, y retrocedí unos pasos para meterme dentro del agua, pero fingiendo expresión temblorosa para que creyera que le tenía miedo y para que no se diera cuenta de que ahora estaba en mi elemento. Ella, tan tonta como su fama, se lo creyó. Y entonces, fingiendo, me puse a intentar conectar con el agua. La notaba dentro de mí, tal y como me había dicho mi padre. 


- Con miedo, ¿eh, diocesilla? - mascullaba la arpía - si lloras un poco te mataré rápidamente, venga, lloriquea un poquito y ofréceme espectáculo. No todos los días mato a una hija de los tres grandes. 


Ya me sentía preparada para cualquier cosa, estaba en mi elemento, notaba como el agua fluía a través de mí, la podía controlar. Descargué toda mi furia contra la arpía, y un torrente de agua la envolvió y la arrojó al Tártaro de vuelta. 

Un monstruo menos - pensé-.

Ahora, tenía que llevar el paquete a casa. Me puse la ropa y empecé a caminar hacia mi casa.

Me paré en seco, una voz me decía algo en mi interior, parecía la voz de mi padre.


"Muy bien, eres digna hija mía, como recompensa, mírate el cuello"


Y la voz desapareció de mi interior tan pronto como había llegado.

Me miré el cuello, tal como había dicho mi padre. 

Un collar de cuero, sin bolitas, azul como el mar, relucía colgado en mi cuello. ¿Por qué no habían perlas? 

Ya lo averiguaría. 


Entré en la casa sin hacer ruido, hoy me habían prohibido ir a nadar. 

Me metí en la habitación tan deprisa como mis piernas me lo permitían, y encendí la lámpara pequeña de mi mesita de noche, me desvestí y me puse el pijama. 

Casi se me olvidó abrir el paquete. Casi.

Me senté en la cama, y con mucho cuidado, lo abrí.

Era un libro. ¿¡Un libro!? En serio papá, ¿ en que estabas pensando ?

¿Cómo me va a servir un libro de teoría en la caza de monstruos y mestizos? 

Decidí darle una oportunidad y lo abrí.


Vale, lo admito, no era nada parecido a lo que me esperaba. Creía que iba a ser un manual para matar monstruos, o algo parecido. No sé. Pero no, era un libro mágico. Una oleada de agua me inundó el rostro. Aspiré en ella. Me atraía.


Sorprendida vi que en el diario habían conjuros. ¿Conjuros? 

Esto no era Harry Potter, esto era la vida real.

Decidí darles una oportunidad y pronuncié el primero. 


En seguida, escuché un relincho que provenía desde fuera.

Me asomé al balcón, y descubrí con sorpresa que había un hipocampo allí fuera, mirándome, como esperando órdenes. Sabía que era un hipocampo porque me encantaba la mitología, en especial la griega, y en mi tiempo libre investigaba.


- Wow - fue lo único que pude balbucear.


Le puse de nombre Sfire.

Era un nombre que me recordaba a mi madre y al fuego, no sé por qué.


Bajé con cuidado por la ventana y aterricé en el lomo de Sfire, que ya estaba listo para volar.


Suspiré y le dije que volara.


Cabalgamos sobre el viento y rozando los mares, hasta que, a lo lejos, vi centellear algo, como un carro dorado, siendo perseguido de cerca por un monstruo volador.

¿Otra arpía? 

Ya me estaba empezando a cansar de ellas. 


Si mi padre tenía razón, una persona así sólo podía ser un semidiós, y por lo visto, aquel estaba en apuros.