domingo, 2 de febrero de 2014

Cuatro


4.



Ordené al hipocampo que siguiera al semidiós, y éste, obediente, así hizo.

En el mar se veía la luna llena reflejada. Era precioso. Entonces llegamos donde estaba la arpía y el pequeño mestizo. El carro de éste se estaba cayendo a pedazos, no resistiría mucho tiempo volando. Pasé justo debajo de él en el mismo momento en el que el carro se desmoronó. Le recogí y le puse en la grupa del hipocampo. Se sujetó como pudo, y creo que sólo entonces se dió cuenta de que estaba siendo rescatado por una chica de 14 años y un hipocampo, cuando parecía que él tuviera dieciséis. Se sonrojó por un instante, y creo que iba a decir algo, pero entonces, la arpía se interpuso entre nosotros y nos hizo tal placaje que el hipocampo salió volando, hasta chocar con las olas de la bahía de Capri y nos sumergimos bajo el agua.

Yo podía respirar bajo el agua, pero, ¿Y el chico? 

Estaba completamente que no era hijo de Poseidón, así que intenté crear una esfera de aire en torno a nosotros, incluido al hipocampo. Aunque, para meterlo a él tuve que hacer acopio de toda mi fuerza de voluntad, al final lo conseguí.

Los tres estábamos dentro de mi burbuja de oxígeno, pero no sabía cuánto tiempo podría aguantar. Y aún faltaba la arpía, y yo no podía luchar contra ella, no haciendo este esfuerzo con la burbuja. Me concentré, retuve agua a mis alrededores, la contenía, haciendo un esfuerzo sobrehumano para mantener con vida a ellos dos y a la vez contener el agua. Justo entonces, la arpía se sumergió. Ese era el momento que estaba esperando, y descargué toda mi fuerza y toda el agua que había estado manteniendo bajo control contra ella. Salió disparada a la superficie, y creo que no volverá. 

Salimos y montamos sobre el hipocampo. Mientras él nadaba llevándonos sobre su lomo, el misterioso chico y yo íbamos charlando.


-Entonces te llamas... Esto...


-Aspen.


-Eso. ¿Y eras hijo de...?


-Hefesto.


-Por eso lo del carro, ¿eh?


-Sí. Y tu debes ser la hija de Poseidón, ¿no?


-Sí, ¿cómo lo sabes?


-Las noticias corren rápido. Todo el mundo habla del favor que les estás haciendo a los dioses. 


Forcé una sonrisa falsa. No quería que la gente hablara de mí.


-Encantada.


-Aún no me has dicho cómo te llamas.


-Esto... - me corté - Callie, Ally para los amigos.


-Encantado, Ally - respondió con una sonrisa. 


Se la devolví.


-Ya casi hemos llegado.


Volví la vista al frente, mirando hacia el horizonte. 

Me miró.


-¿Sabes qué, Ally?


-Dime - dije, sin devolverle la mirada - te escucho.


- Eres diferente. Y muy hermosa. ¿Te lo suelen decir?


Me sonrojé al instante. No estaba acostumbrada a cumplidos. A pesar de ser el hijo del dios feo* , Aspen era precioso. 


-Ah... Esto... - no sabía que decir - muchas gracias, no sé. 


-De nada - no le miraba, pero noté que sonreía.


Llegamos y me despedí del hipocampo, le había cogido cariño. Le llamé "Freezy", Sfire Freezy.Me recordaba a un caramelo que comía de pequeña, parecido al pica-pica. Le acaricié la cabeza y se metió dentro del agua, "ronroneando". 

Ahora no sabía que tenía que hacer con Aspen. Mi padre dijo que yo lo sabría cuando llegara el momento, pero a mí no se me ocurría nada. 

Entonces, sentí un escalofrío. Tenía que ser mi padre. 

Y así era, mi padre me estaba llamando, al menos, mentalmente. 

"Llévatelo a tu sótano"

Nunca había ido al sótano de mi casa. Mi madre me lo había prohibido, y me daba demasiado miedo para intentar desobedecerla. Sin embargo, ya no tenía miedo. Le llevé hasta mi casa. Ninguno de los dos habló durante todo el camino, hasta que llegamos a la puerta de mi casa.


-Bonita casa - dijo con una sonrisa, una de esas sonrisas en las que se te marcan los hoyuelos, me derretía. Oh, Ally, Callie, no pienses en eso. Estás con él por trabajo. Nada más.


-Sí, bueno, no está mal.


Entramos. 

Estaba todo exactamente como siempre, ordenado y limpio. Normal. 

Le conducí hasta las escaleras que comunicaban con el sótano y la segunda planta. Le dejé allí un segundo contemplando los cuadros que colgaban en las paredes y fui a por las llaves. Sabía donde estaban, en aquel matojo de llaves que colgaba detrás de la puerta de la cocina, el que mi madre llevaba siempre consigo.

Volví, e introducí la llave por la ranura, temerosa de saber con lo que me iba a encontrar. 

Abrí la puerta. 

Allí dentro...

Ahora me imagino por qué mi madre no quería que entrara allí dentro, y menos mal que le hice caso...

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