domingo, 2 de febrero de 2014

Tres



3.







Una arpía. ¿Me estaba esperando? 

Recordé las palabras de mi padre, y retrocedí unos pasos para meterme dentro del agua, pero fingiendo expresión temblorosa para que creyera que le tenía miedo y para que no se diera cuenta de que ahora estaba en mi elemento. Ella, tan tonta como su fama, se lo creyó. Y entonces, fingiendo, me puse a intentar conectar con el agua. La notaba dentro de mí, tal y como me había dicho mi padre. 


- Con miedo, ¿eh, diocesilla? - mascullaba la arpía - si lloras un poco te mataré rápidamente, venga, lloriquea un poquito y ofréceme espectáculo. No todos los días mato a una hija de los tres grandes. 


Ya me sentía preparada para cualquier cosa, estaba en mi elemento, notaba como el agua fluía a través de mí, la podía controlar. Descargué toda mi furia contra la arpía, y un torrente de agua la envolvió y la arrojó al Tártaro de vuelta. 

Un monstruo menos - pensé-.

Ahora, tenía que llevar el paquete a casa. Me puse la ropa y empecé a caminar hacia mi casa.

Me paré en seco, una voz me decía algo en mi interior, parecía la voz de mi padre.


"Muy bien, eres digna hija mía, como recompensa, mírate el cuello"


Y la voz desapareció de mi interior tan pronto como había llegado.

Me miré el cuello, tal como había dicho mi padre. 

Un collar de cuero, sin bolitas, azul como el mar, relucía colgado en mi cuello. ¿Por qué no habían perlas? 

Ya lo averiguaría. 


Entré en la casa sin hacer ruido, hoy me habían prohibido ir a nadar. 

Me metí en la habitación tan deprisa como mis piernas me lo permitían, y encendí la lámpara pequeña de mi mesita de noche, me desvestí y me puse el pijama. 

Casi se me olvidó abrir el paquete. Casi.

Me senté en la cama, y con mucho cuidado, lo abrí.

Era un libro. ¿¡Un libro!? En serio papá, ¿ en que estabas pensando ?

¿Cómo me va a servir un libro de teoría en la caza de monstruos y mestizos? 

Decidí darle una oportunidad y lo abrí.


Vale, lo admito, no era nada parecido a lo que me esperaba. Creía que iba a ser un manual para matar monstruos, o algo parecido. No sé. Pero no, era un libro mágico. Una oleada de agua me inundó el rostro. Aspiré en ella. Me atraía.


Sorprendida vi que en el diario habían conjuros. ¿Conjuros? 

Esto no era Harry Potter, esto era la vida real.

Decidí darles una oportunidad y pronuncié el primero. 


En seguida, escuché un relincho que provenía desde fuera.

Me asomé al balcón, y descubrí con sorpresa que había un hipocampo allí fuera, mirándome, como esperando órdenes. Sabía que era un hipocampo porque me encantaba la mitología, en especial la griega, y en mi tiempo libre investigaba.


- Wow - fue lo único que pude balbucear.


Le puse de nombre Sfire.

Era un nombre que me recordaba a mi madre y al fuego, no sé por qué.


Bajé con cuidado por la ventana y aterricé en el lomo de Sfire, que ya estaba listo para volar.


Suspiré y le dije que volara.


Cabalgamos sobre el viento y rozando los mares, hasta que, a lo lejos, vi centellear algo, como un carro dorado, siendo perseguido de cerca por un monstruo volador.

¿Otra arpía? 

Ya me estaba empezando a cansar de ellas. 


Si mi padre tenía razón, una persona así sólo podía ser un semidiós, y por lo visto, aquel estaba en apuros.

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